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Leer el Diario

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MSc. Lázaro M. Bacallao Pino

Investigador Centro de Estudios Che Guevara

La lectura de un diario personal –como también de cartas- tiene, siempre, un cierto matiz de profanación. Pero precisamente en esa condición tan privada suya, de documento no hecho, al menos en principio, para la publicidad, se encuentra su carácter más cardinal: aquí se nos revela, en la mayor intimidad del yo, el ser humano en todas sus reflexiones; casi en una confesión.

En este diario, además, gravita sobre lo escrito la hazaña de los hechos narrados y sus actores, el escribiente mismo y su dimensión heroica, y una suerte de rabia irreconciliable, que perdura aún frente al desenlace bestial de La Higuera, hace cuatro décadas. Todo ello convierte estas palabras, parafraseando al propio Che, en un fuego, como el vivir cotidiano de los once meses reseñados a través de ellas.(1)

Hoy comienza una nueva etapa. (2) En la frase inicial, lacónica en su extensión, se envuelven, sin embargo, sentidos de una anchura y calado que no cabrían en todas las palabras. Sobre esa breve declaración de reinicio, pende un espacio y un tiempo anteriores, hechos e ideas imposibles de soslayar en ningún momento durante las páginas que siguen. Nada entenderá quien pretenda interpretar en aquel enunciado una ruptura absoluta, y no la continuidad consecuente de una vida revolucionaria.

Bolivia es, para Che, la acción coherente con un pensamiento, con una “idea de lucha que estaba totalmente organizada en mi cerebro”,(3) como escribiera a propósito de su participación en la guerrilla congolesa. Una lucha que, incluso por una lógica elemental de respuesta a la naturaleza planetaria del imperialismo, requiere realizarse en dimensiones mundiales. Se trata del ejercicio personal del internacionalismo, en su forma más consumada, por parte de quien considerara esa práctica solidaria no solo un deber, sino también –o quizás mejor: ante todo- una necesidad insoslayable.

Y ese ejercicio personal del internacionalismo, aun cuando se reconozca modesta contribución, resulta congruente asimismo con una concepción de la praxis revolucionaria que coloca en su cimiento, como piedra angular, el ejemplo. Este hombre es “de los que ponen el pellejo para demostrar su verdades”.(4)

¿Por qué leer este diario guerrillero, en un tiempo sin guerrillas –o, al menos, cuando se insiste en presentarlas como anticuadas y en definitiva extinción? Esta resultaría una pregunta pertinente, según la perspectiva de quienes se atrincheran en asumir estos apuntes desde un sentido estrechamente militar. La respuesta, del otro lado de esa posición, explica la congruencia y la necesidad de esa leída, asentándose no solo en el carácter histórico del documento, sino en una cualidad más esencial: su condición profundamente humana.

Desde el inicio, estas anotaciones diarias son una cronología de la voluntad de sacrificio de un manojo de hombres en medio de una naturaleza hostil: selva, montañas surcadas de farallones inaccesibles y ríos de crecidas fulminantes, lluvias y frío, neblina. A las adversidades del medio natural, se agregan la mezquindad humana, la actitud vacilante y con dobleces de quienes debían ser apoyo y reserva, algo que agrava las circunstancias. Pero la grandeza se eleva, precisamente, en la respuesta de la acción ante ese contexto. No solo en los sucesos guerreros ocurridos, sino en la actitud completa de estos hombres, desde el primer hasta el último momento.

Leer el diario, por eso, no es únicamente seguir el curso militar de los acontecimientos, a lo largo de aquellos meses. Hay otras dimensiones, en general, de los hechos, y en particular de la acción y el pensamiento de Che, que surcan el reflejo escrito que nos dejara de esos días de 1966 y 1967, como parte de una congénita costumbre testimonial y también de su insoslayable necesidad analítica de la práctica, propia y ajena.

En todo momento, está la preocupación por la salud y el estado de ánimo de los combatientes; permanentes los llamados a la disciplina y la responsabilidad,(5) la atención a la moral del grupo, así como el cuidado por los valores y las relaciones interpersonales; siempre la recordación de sus seres queridos en la fecha de sus cumpleaños y la celebración humilde del onomástico de los guerrilleros; invariable el respeto a la vida y la dignidad humana de los prisioneros, aun cuando estos no hayan respetado la ética de la guerra –olvido frecuente en los miembros de ejércitos mercenarios-; o también la vulnerabilidad frente a la duda o el desconcierto ante una situación, y la compasión ante los enemigos indefensos.

Desde el principio mismo, en medio de los preparativos iniciales de logística y la tarea de exploración, aparece el estudio como una cuestión constante y vital; algo que pudiera parecer absurdo en el contexto guerrillero, pero no para quienes conozcan el pensamiento y la acción de Che. En la Sierra Maestra, durante la lucha cubana, fue promotor y jefe de la Escuela de Reclutas de la guerrilla revolucionaria;(6) también en el Escambray, en medio de la Campaña de Las Villas dirigida por él, se creó una organización similar, y luego del 1º de enero de 1959, una de sus primeras funciones fue la jefatura del Departamento de Capacitación del Ejército Rebelde.

El estudio, insiste ahora, resulta imprescindible para el futuro, en correspondencia con la misión principal del grupo, de formar el núcleo ejemplo, acerado.(7) Pero no es solo la instrucción en su sentido más ortodoxo, por ejemplo, el estudio del quechua o la realización de algún curso sobre cierta materia, sino también la conminación al aprendizaje a partir de la práctica, sacando de cada hecho su demostración de lo mucho que falta por aprender.

Como siempre, la exhortación a los demás viene ineludiblemente ligada, en Che, a la acción propia en el mismo sentido. Como siempre, también en Bolivia, el estudio y la lectura es parte natural de su hacer habitual. Nos queda no solo la referencia, en el diario, a la noticia de sus libros mojados, algunos desechos,(8) sino también la prueba gráfica –aquella fotografía, leyendo sentado en la rama de un árbol- , y un extenso plan de lecturas. Entre los títulos de ese programa, hay abundante filosofía –general y marxista-, además de historia, política, economía, biografías, temas sobre Bolivia y América Latina, literatura general, medicina…(9)

Lee, asimismo, poesía. El Romancero Gitano, de Federico García Lorca; y los Cantos de vida y esperanza, de Rubén Darío. O llega también, en medio de los combates, el recuerdo de algún verso preferido. Entre sus pertenencias, de su puño y letra, se encontraron, escritos de memoria, poesías de varios autores; entre ellos, un fragmento casi textual del poema “El nacimiento”, de León Felipe, cuya obra Che gustaba leer, al punto que su poemario El Ciervo fuera uno de sus dos o tres libros de cabecera.(10) La estrofa, había sido copiada por Che, en algún momento de recordación que se pierde entre las jornadas de la guerrilla boliviana: “Cristo, te amo/ No porque bajaste de una estrella/ Sino porque me revelaste/ Que le hombre tiene lágrimas/ Congojas/ Llaves para abrir las puertas cargadas de luz/ Sí... tú me enseñaste que el hombre es Dios/ Un pobre Dios crucificado como tú/ Y aquel que está a tu izquierda en el/ Gólgota El Mal Ladrón/ También es un Dios!”.(11)

La literatura, tiene incluso dominios en su recapitulación de los hechos diarios. La poesía aflora en este diario de la guerra, y asombra esta presencia, porque las armas y los poemas se nos aparecen, casi naturalmente, en una oposición irreconciliable. Si, como se dice, la guerra mutila la sensibilidad de los hombres, no puede haber en ella espacios para la poesía –que es pura sensibilidad. Y, sin embargo, ante la negrura de la muerte del compañero y mejor hombre de la guerrilla, es como una escasez de palabras; entonces el homenaje para el futuro posible, solo encuentra brecha en la poesía: “Tu cadáver pequeño de capitán valiente ha extendido en lo inmenso su metálica forma”. (12)

¿No serán estos unos guerreros distintos? Las razones de las armas y sus propósitos, ¿no será que hacen esta guerra diferente a otras guerras?

En el límite de lo difícil, cuando quizás nadie pensaría más que en circunscribirse a lo estrictamente relacionado con los acontecimientos del día, asoman las reflexiones trascendentes. No se confina, como casi sería natural en tales condiciones, al regodeo estéril en lo más perentorio de lo cotidiano. Brotan entre las líneas, aun –pudiera decirse: sobre todo- en medio de la mayor dificultad, las ideas más hondas sobre la liberación humana.

Así, el 26 de julio, en la noche, ofrece una pequeña charla sobre el significado de la fecha, que resume en esta frase preclara: rebelión contra las oligarquías y contra los dogmas revolucionarios. El 8 de agosto, da a la tropa una de sus “descargas”; la situación es difícil, abrirse camino se hace casi imposible debido a los obstáculos del terreno y la vegetación, él mismo es una piltrafa humana pues el asma lo azota y se terminan las medicinas. Es uno de los momentos en que hay que tomar decisiones grandes; este tipo de lucha nos da la oportunidad de convertirnos en revolucionarios, el escalón más alto de la especie humana, pero también nos permite graduarnos de hombres; los que no puedan alcanzar ninguno de estos dos estadíos deben decirlo y dejar la lucha.

La condición revolucionaria de esta lucha, supone una nueva actitud hacia la guerra y sus contingencias, en una original integración humana, desde un espíritu comunitario que resulte esbozo de la naciente sociedad y el hombre nuevo. Su dimensión internacionalista, en este caso, exige además adicionales esfuerzos y virtudes: la superación de la estrechez de los nacionalismos discriminatorios, la convivencia cultural sustentada en las compartidas condición humana y vocación liberadora. Esta cuestión, es tema presente en las charlas de Che al grupo, desde los primeros momentos,(13) y preocupación constante, ante cuyas manifestaciones y tendencias sale al paso, aunque sean incidentales o poco significativas. La integración, afirma, es la única posibilidad de desarrollar nuestro ejército (…).(14)

En esta lucha, al libertar, el hombre se ha de liberar a sí mismo en todas sus fibras y plenitud. Se trata de un proceso paralelo e indispensable, entretejido en la práctica diaria, a fuerza de conciencia y voluntad. Un cambio de tal magnitud, ha de enfrentar la doble resistencia externa del poder constituido, e interna de la cultura, los hábitos y la práctica personal.

El camino se hace escabroso hasta llegar a exigirse, en ese tránsito, los sacrificios mayores, incluida la posibilidad cierta de la muerte. Ante el problema esencial de la liberación humana, las vidas –entendidas en su sentido más egoísta de existencia individual- pierden peso: no significan nada frente al hecho de la revolución. (15) Pero esta entrega necesaria, precisada por la brutal renuencia de la dominación a ser destruida, no debe resultar jamás gratuita e inútil; al ahogarse Benjamín, escribe Che: tenemos ahora nuestro bautismo de muerte a orillas del Río Grande, de una manera absurda.(16) Tampoco se justifica esa entrega de la existencia, cuando ello es resultado de indisciplinas, imprevisiones e irresponsabilidades en el combate.

Sin embargo, los momentos difíciles y de angustia moral(17) a vivir como parte de ese sacrificio por la causa sagrada de la liberación de la humanidad -vaticinados por Che desde los días iniciales, en su conocimiento de los rigores de la guerra-, no deben asumirse amargamente. Incluso, hay espacio en medio de ellos para la nota humorística, tan típica de Che, quien la lleva a sus apuntes en el diario; así, se bautiza Fernando “Sacamuelas”, nombre que hace famoso en días de profusas extracciones dentales.(18)

Y es que esos esfuerzos por la justicia y la libertad propias y comunes, tampoco admiten ser hechos con disgusto. Lo nuevo y lo bueno solo pueden nacer, para Che, desde placer y la alegría que han de acompañar la acción consciente, aunque esta sea difícil y dolorosa, o se sienta nostalgia. Esa satisfacción debe ser aliento de todo el hacer revolucionario, desde los riesgos de la lucha hasta la obra cotidiana del trabajo.

Pero esa autenticidad revolucionaria de Che, que encuentra su expresión más heroica y bella en las epopeyas congolesa y boliviana, corre, como todo lo genuino, el riesgo de la incomprensión no solo desde el contrario –lo cual es previsible y casi natural- sino también de algunos supuestos aliados. Che, a partir de su agudo conocimiento del mundo y conciencia de su tiempo, conocía de ese riesgo y sus manifestaciones más burdas. La lectura del diario da cuenta de ese conocimiento.

La publicación, en abril de 1967, de su artículo “Crear dos, tres, muchos Vietnam… esa es la consigna”, conocido como Mensaje a la Tricontinental, además de - según los análisis de Che- la confirmación de su presencia en Bolivia, desató una serie de reacciones, también comentadas por él. Sobre un discurso de Raúl Castro, en un acto de graduación de oficiales cubanos, escribe: refutó las calificaciones de los checos sobre el artículo de los Vietnam. Los amigos me llaman un nuevo Bakunin, y se lamentan de la sangre derramada y de la que se derramaría en caso de 3 ó 4 Vietnams (19).

La contestación a esas declaraciones, está en los hechos mismos. En los meses de junio y julio de 1967, Bolivia vive en medio de convulsiones políticas, huelgas mineras, represión. Mientras, [l]a leyenda de la guerrilla crece como la espuma; ya somos los superhombres invencibles.(20) En este período en que, como [p]ocas veces se ha visto tan claramente la posibilidad de catalización de la guerrilla,(21) nada más lejos de Che que la actitud del gladiador solitario, promotor de una violencia sin fundamentos y desligada de las circunstancias. Al contrario, considera más que nunca la necesidad de la incorporación de hombres al grupo armado, que permitiera un mejor aprovechamiento de ese contexto: El gobierno se desintegra rápidamente. Lástima no tener 100 hombres más en este momento.(22)

Che no solo será testigo de los anuncios, desde el gobierno boliviano, en torno a su captura inminente, con detalles incluso acerca del proceso judicial que se le seguiría una vez capturado; o del criterio de cierto periodista demente [quien] opinaba que 4,200 US era poca plata dada mi peligrosidad.(23) También asistirá, desde las selvas sudamericanas, a la publicación en medios de prensa de países este-europeos, de las peregrinas opiniones de cobardes y lacayos de toda ralea, como aquel diario de Budapest que, anota, critica al Che Guevara, figura patética y, al parecer irresponsable y saluda la actitud marxista del Partido Chileno que toma actitudes prácticas frente a la práctica.(24)

El hecho de ver en la acción revolucionaria verdadera una práctica anarquista, en su acepción más peyorativa, da la medida de los dogmatismos, dobleces e hipocresías que empantanaban a la supuesta actitud revolucionaria de entonces, encarnada en las posiciones de Estado del “socialismo real”. Estas opiniones sobre Che, reflejadas en su propio diario, no solo dan cuenta de la génesis de una de las lecturas deformadas que, más tarde, intentará ofrecer sobre el legado guevariano tanto la derecha como parte de la izquierda apócrifa del siglo XX. Se trata, en su sentido más profundo, de una expresión de las confluencias de posturas contrarrevolucionarias y pseudorrevolucionarias que tendrían su epílogo tétrico en 1989.

A la contextualización de tales circunstancias, en el caso particular de los acontecimientos de Bolivia, contribuye la introducción necesaria e indispensable de Fidel a la primera edición del diario, devenida parte inherente al texto. A ello, por supuesto, se agregan las investigaciones posteriores, pero sobre todo los hechos del tiempo transcurrido desde entonces, con su inapelable juicio histórico.

Es en esa sentencia, donde está el epílogo del diario, y no en los acontecimientos de La Higuera, el 8 y 9 de octubre de 1967. Ni siquiera el mismo diario admite esta segunda posibilidad, cuando el escribiente declara, al llegar a los 39 años, “estar entero” –cubanismo que significa plenitud de forma física e intelectual. Las anotaciones últimas, subrayan su renuencia a anunciar los hechos del día después, en aquella conmemoración del inicio de la guerrilla, que transcurre bucólicamente. Bucólica significa apacible y serena, silvestre e idílica; pero también es poesía o poema. Hay un irremediable aliento de continuidad en las palabras finales, que vuelven sobre el comienzo.

Por eso, leer el diario, en realidad, no puede ser solo leer el diario; no en el sentido pasivo de butacón y despacho. El principio que ha de regir su lectura -y todo acercamiento sincero a la vida de Che Guevara-, es el encuentro entre la idea y la acción; un precepto que aparece, conciso, en sus propias palabras, justo el día cuando queda constituido el Ejército de Liberación Nacional de Bolivia: lo que interesan son los hechos; las palabras que no coinciden con los hechos no tienen importancia.(25)

Notas:

(1) En su discurso conocido como “Una actitud nueva frente al trabajo”, del 15 de agosto de 1964, decía Che al referirse a esa nueva actitud socialista, como “en todo caso la aspiración de volver a la naturaleza, de convertir en un fuego el vivir cotidiano.”

(2) 7 de noviembre. [Todas las citas en cursiva, han sido tomadas del diario de Che en Bolivia, en la anotaciones de la fecha que se señala].

(3) Guevara, Ernesto: Pasajes de la guerra revolucionaria: Congo. Barcelona, Editorial Grijalbo Mondadori, 1999.

(4) Carta de despedida a sus padres. 1965. En Che Guevara presente. Antología mínima. Ocean Press, 2005. p. 403.

(5) Ello es objeto de preocupación desde la etapa de organización. El 12 de diciembre, escribe: “Le hablé a todo el grupo, ‘leyéndole la cartilla’, sobre la realidad de la guerra. Hice hincapié en la unicidad del mando y en la disciplina (…)”.

(6) Che fue nombrado al frente de la Escuela de Reclutas de la Sierra Maestra, como narra en su pasaje de la guerra titulado Interludio, después de las acciones que tuvieron lugar en las cercanías de La Otilia, en los meses de abril-mayo de 1958. “Después de estos combates –escribe- nos retiramos de La Otilia un poco hacia atrás, pero ya me reemplazaba como comandante en la columna 4, Ramiro Valdés, ascendido en esos días. Salí de la zona, acompañado de un pequeño grupo de combatientes, a hacerme cargo de la Escuela de Reclutas, en la cual debían entrenarse los hombres que tendrían que hacer la travesía desde Oriente a Las Villas”.

(7) 6 de enero.

(8) 11 de enero.

(9) El Plan de lecturas de Che en Bolivia, puede consultarse en América Latina. Despertar de un continente. Compilación editada por María de Carmen Ariet. Ocean Press, 2005. [Hay también una edición de la Editorial Ciencias Sociales, 2005]

(10) Carta de Che a León Felipe, 21 de agosto de 1964. En Che desde la memoria. Ocean Press, 2004. p. 223.

(11) Durante algún tiempo, se creyó que este manuscrito era de la autoría de Che, hasta que fue aclarado el equívoco.

(12) 25 de abril, a propósito de la muerte de Rolando.

(13) El 4 de diciembre, ofrece una charla “sobre nuestra actitud hacia los bolivianos que vendrán y hacia la guerra”. Sobre una reunión con todos los combatientes, el 12 de abril, a propósito del combate del día 10, escribe: “Le salí al paso a la tendencia observada en la vanguardia a menospreciar a los cubanos y que había cristalizado ayer al manifestar el Camba que cada vez confiaba menos en los cubanos, a raíz de un incidente con Ricardo”.

(14) 12 de abril.

(15) 31 de diciembre.

(16) 26 de febrero.

(17) 1 de enero.

(18) 21 de junio.

(19) 24 de julio.

(20) Análisis del mes de junio.

(21) 13 de junio.

(22) 14 de julio.

(23) 12 de septiembre.

(24) 8 de septiembre.

(25) 25 de marzo.

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